El sistema eléctrico peruano atraviesa una transición crucial: tras años de contar con una sobreoferta de energía, el país se enfrenta ahora a un panorama más exigente, donde el crecimiento de la demanda, la falta de nuevas inversiones y cuellos de botella en la infraestructura podrían encarecer los precios y comprometer la estabilidad energética.
Durante más de diez años, el Perú gozó de un excedente energético eficiente, con precios bajos en el mercado spot, estabilidad en el suministro y condiciones favorables para grandes consumidores. Esta situación no fue el resultado de una estrategia planificada, sino de factores externos como el retraso de grandes proyectos industriales y condiciones climáticas favorables que impulsaron la generación hidroeléctrica. A ello se sumó el impulso estatal a través del desarrollo de hidroeléctricas y subastas de energías renovables.
Sin embargo, ese equilibrio está en riesgo. El crecimiento de la demanda —potenciado por megaproyectos mineros como Tía María, Zafranal y ampliaciones en Las Bambas y Yanacocha— presiona al sistema, y las inversiones en nueva generación no siguen el mismo ritmo. Según el COES, se estima que la demanda eléctrica crecerá 3.9% para 2026, frente al 3.2% previamente proyectado.
El mercado spot peruano se basa en un sistema de precios marginales, donde la tarifa se determina por la central más costosa que entra en operación. Mientras hubo excedente, la última en despachar era una planta de ciclo combinado a gas natural, con costos de 26 a 30 US$/MWh. Pero si se requieren centrales más caras, como las que usan diésel, los precios pueden subir significativamente.
En 2023, eventos como el ciclón Yaku y El Niño Costero redujeron la producción hidroeléctrica, forzando el uso de diésel y elevando los precios a 179 US$/MWh, el valor más alto en 15 años. Este tipo de situaciones podría volverse más frecuente, especialmente en temporadas de estiaje, cuando las hidroeléctricas reducen su capacidad.
Aunque hay un auge de energías renovables como la solar y la eólica, estas presentan limitaciones. Las solares no generan durante la noche y las eólicas dependen de condiciones climáticas específicas. Si las hidroeléctricas fallan y las renovables no producen, el sistema se verá obligado a recurrir a fuentes caras y contaminantes como el diésel.
Además, la infraestructura de transmisión también presenta señales de saturación. Si no se amplía rápidamente, los cuellos de botella podrían aumentar aún más los precios. El COES advierte que, sin inversiones, los costos podrían escalar hasta 200 US$/MWh hacia 2033, muy por encima de los 35 US$/MWh proyectados anteriormente.
El impacto será desigual. Mientras las distribuidoras están protegidas por contratos a largo plazo, los consumidores libres —como centros comerciales e industrias— sentirán los aumentos de precios casi de inmediato. A la larga, todos los usuarios enfrentarán tarifas más elevadas debido a nuevas licitaciones con precios ajustados al nuevo contexto.
Ante esta realidad, se hace urgente reactivar las inversiones en generación eficiente y proyectos de transmisión, además de promover tecnologías de almacenamiento que faciliten una mejor integración de energías renovables. Asimismo, es necesario que el marco regulatorio sea neutral y no favorezca desproporcionadamente a una sola tecnología, como algunos sectores temen tras la aprobación de la Ley 32249. Perú ya inició su transformación energética. Ignorarla pondría en riesgo la sostenibilidad y la competitividad del país en los próximos años.

